domingo, 30 de septiembre de 2007

Crítica no a un Libro

Muchas veces vemos una película y podemos comentarla hasta ahí, porque nuestros interlocutores aún no la vieron, y no queremos arruinarles la fiesta, en caso que decidan verla.
Pero ¿cuál es el límite de tiempo a concederles para dicha empresa? ¿cuánto tiempo debemos guardar silencio respetuoso hasta poder decir finalmente que Tyler Durden es también Edward Norton? ¿cómo no tentarse de hablar del final de Dexter?

Es por eso que hoy, elijo el camino contrario. Voy a hablar de una sensación incontenible que me produjo un libro, pero sin decir de cuál se trata. Me descargo, me acompañan en el sentimiento, y todos felices sin pistas acerca del susodicho.

Es que hay historias que tienen momentos dramáticos, situaciones desesperadas, eventos trágicos. Tanto a veces que casi casi nuestra vida parece un picnic al lado de la de ellos. Sin embargo, sobre el final empiezan a arreglarse las vidas, no solamente del protagonista sino de toooooodos los demás, por más secundarios que sean. Y eso no solamente no nos resulta creíble, sino que nos deja en una terrible desventaja a la hora de ver como nuestra realidad sigue siendo tan real como la sidra, y no se arregla tan fácilmente.
Nosotros que exhibíamos nuestras miserias con gusto, sabiéndolas menores que las desciptas en las páginas del libro, de repente quedamos en offside con todo nuestro hígado al aire, y sin ningún Harry Potter que haga Abracadabra para arreglarnos.

Definitivamente los finales hollywoodeanos, son de madera. Y poco sagrada.

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