viernes, 25 de septiembre de 2009

Cagones

No me podía aguantar las ganas de escribir esta historia.
Es increíble (bueno, no tanto) como podemos reírnos de algo a más no poder o llorar eternamente sobre el mismo hecho, dependiendo únicamente de un resultado final. Por más que el resto sea igual de trágico.
Digamos, la final de un mundial puede ser un ejemplo: si ganaste, te reís para siempre. Si perdiste, llorás. Pero es un ejemplo medio blando. Yo estoy hablando de cosas más serias. De vida o de muerte.

Hoy fuimos a hacer el estudio de líquido amniótico. Es riesgoso en cierta medida, pero cuando uno tiene determinada edad, conviene.
Consiste en... bueno, mejor no lo cuento. Es un poquito subido de tono para el horario de protección al menor. Y yo en esos asuntos soy un menor... de 8 años.

Cuestión que el médico (un grosso de renombre) me pregunta si me acerco al fogón o si solamente vine a título de chofer. Opto por la segunda opción. Pero mientras el tipo prepara la jeringa, pispeo la pantalla para espiar al grossito en la ecografía. Y resulta que la preparación era rápida y alcancé a ver más de lo que hubiera querido. Más de lo que debía. Pero nada, el tipo aguanta estoico y piensa en las piernas del Pipi Romagnoli.

Termina el estudio (no dura ni un pedo) y hasta me pude parar y ayudar a mi mujer a pararse etc.
Cuando me senté y vi los frasquitos con el líquido grosso, ahí se vino la de San Quintín.

Empecé a transpirar y a sentir que ninguno de mis órganos merespondía. No estaba seguro de qué era lo que iba a pasar primero, si iba a vomitar el jorgito que acababa de comer, o si me iba a cagar encima. A decir verdad, juro que tuve la sensación de que iban a pasar ambas cosas a la vez. Me ofrecieron agua y pedí un baño. Me volvieron a ofrecer agua y volví a pedir un baño. La poca bola que me dieron me dio a pensar que quizás en ese momento de tensión hablé en arameo o en latín. Y para rematar, la enfermera cansada de ofrecerme el vaso de agua, me lo volcó en la cabeza.

Me llevaron a una sala del costado y me pusieron en una camilla. A mi mujer la sentaron en un costado para que me cuide. El doctor dijo que en general los maridos se desmayan cuando tienen que pagar, pero que esto no lo había visto antes.

Pasaron unos minutos que hubiera querido que durasen para siempre. Pero de repente mi mujer dice en un tono que no le conocía hasta hoy: "me siento mal!" Le pregunté qué le dolía y me respondió lo mismo: "me siento mal!" Le pregunté si quería que llame al médico y adivinen lo que me dijo. Acertaron: "me siento mal!" Pareció que algo se había trabado ahí dentro. Entonces salí a buscar ayuda. Pude pararme.

Las secretarias no se alteraron mucho cuando les dije "¡dice mi esposa que se siente mal!". Las que no pusieron buena cara eran las que esperaban su turno para el estudio.

Vuelvo a la salita y por suerte mi mujer ya había cambiado el discurso. Ahora brindaba mucha más información, y bien precisa: "¡me voy a morir por este estudio de mierda!" Quéeee? Entra el doctor y lo explica mejor: "seguro que el líquido amniótico se está saliendo y se está desparramando por todo el cuerpo!" El médico le dijo que de qué estaba hablando. Ella volvió a explicar lo que había leido en un libro. El doctor le dijo que Condorito no es el mejor libro sobre embarazos que hay y que se quede tranquila.

La pusieron en MI camilla y mi mujer hasta tuvo la lucidez de decir "¡y no me despedí de los grossitos!" Yo ya estaba pensando en el post que escribí hace unos días sobre el tema del aire acondicionado en el baúl. Y -lo juro- la confusión fue tal que hasta pensé que si me quedaba solo con los chicos, no sabía si en este caso me quedarían dos o tres para cuidar yo solo.

Ni hablar que en cuanto se empezó a recuperar, el que empezó a ligar fui yo: "tendría que haber venido con mi amiga K!" (lease: "inútil cagón!") y demás...

Ya vueltos ambos de la tierra de Sueyro, en el auto, viajábamos mientras reinaba un silencio de hospital. Bueno, no del que acabábamos de dejar... A ese lo convertimos en un conventillo.

Y en cuanto llamó el amigo M (¡esposo de K!) y le relaté lo que ahora escribo, nuestras carcajadas no paraban ni por un instante. Luego en casa la escena se repitió hasta con lágrimas al relatarlos a los preocupados padres.

Qué delgada es la línea entre la tragedia y la comedia.

12 comentarios:

Mariana dijo...

Al final, ni sos tan grosso ni sos tan Dioz!! Un cagón de la primera hora!! Dónde te metés tanto talento, inteligencia y grossez ahora?

Inútil cagón.

Josi dijo...

lo guardo para el parto(?)

Gusty dijo...

te bancamos.

marxxiana dijo...

sí, sí, te bancamos a vos pero mucho muchísimo más a tu mujer que tiene que convivir con vos.

y este post es muy "esperando la carroza" (pero la primera)

marxxiana dijo...
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notelodigo dijo...
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notelodigo dijo...
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notelodigo dijo...
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tornes dijo...

Para el parto ya están organizando el escuadrón antidisturbios.

SILVINA E. dijo...
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SILVINA E. dijo...
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Subjuntivo dijo...

Vos un cagón, tu mujer una pelotuda!
(no, pero con onda, eh!)


Nah, igual yo también hice esa de "me muero", y el médico dijo, literalmente: no tenés nada. Nada.
Bueno, en realidad, tenía un "estado de estrés agudo".
Cagón y pelootudo dos en uno.

Como tragicómico, que es mabas cosas (uno es pasivo, y el otro es ambas cosas)


S.